jueves, 26 de febrero de 2009

¿Vivir para siempre, perros?

¿Es que acaso queréis vivir para siempre, perros?

Qué hijo de la gran puta era Federico el Grande. Qué hijo de gran ramera debió ser Federico. Así chillaba a los soldados que no se atrevían a entrar en batalla. Allí, entre aquel batallón, debía oler mal. A mierda. Cagarse debía ser normal. ¿Es que acaso queréis vivir para siempre, perros? ¡Perros! ¡Sucios perros! ¡Acojonados perros! ¡Cagad, malditos, cagad antes de entrar en batalla!

Me los imagino, mirándose unos a otros, diciéndose que dónde se habían metido, jurándose que no querían sangrar allí. Buscando un lugar más tranquilo donde sangrar porque sí, lo sabían, lo reconocían, tenían que sangrar pero no allí, no como perros sino como hombres y los hombres tienen miedo a morir y tienen miedo a sangrar como a borbotones sucios entre la mierda del batallón y los gritos de aquel hijo de la gran puta. Repito, que me gusta, hijo de la gran puta.

Sentía la necesidad perentoria de escribirlo todo, de escribir y hacer encabezar esta entrada con esa expresión, con esa pregunta que rompió todos los tímpanos, que cierra ahora, así como empezó, este post.

¿Es que acaso queréis vivir para siempre, perros?

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